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ungría es un país de encrucijadas, contrastes y choques. Nuestra situación geográfica es la que al parecer lo favorece. En consonancia, esta realidad la ha propiciado por una parte el suelo húngaro y por otra los pueblos que se sucedieron en él desde tiempos remotos hasta nuestros días. Y es que en estos lares la primacía no es un regalo del cielo, ya que incluso las fuerzas de la naturaleza deben luchar entre sí para arrogársela siquiera por un momento pasajero. Las corrientes oceánicas que llegan del noroeste, obligadas por los Alpes a dar una vuelta nada fácil, chocan con las que vienen del Mediterráneo, o sea del sur, mientras el viento continental sopla del este y del sudeste. Jamás un meteorólogo húngaro puede estar seguro, puesto que la victoria, constantemente disputada, pertenece ora a unos ora a otros. Ninguno de ellos podrá conquistar definitivamente este país y ninguno de ellos se dará por vencido. Desde hace varios milenios las diferentes zonas climáticas de Europa se enfrentan y rivalizan por conseguir la supremacía en la cuenca de los Cárpatos, pero su combate nunca tiene fin. Hungría constituye también una encrucijada histórica: es el punto de intersección de la historia de numerosos pueblos. Para convencerse de ello basta remontarse a uno o dos milenios y comprobar el trazado de las autopistas, las líneas aéreas y los veinte trenes expresos internacionales que se cruzan en Budapest. Sólo a dos pasos de la ciudad, en el Transdanubio, se cruzaban los dos grandes itinerarios del Imperio Romano, o sea la Ruta de la Seda que unía el Oriente con el Occidente y la del Ambar, vínculo entre el Mar Báltico e Italia. Estas arterias, no sólo han supuesto medios de coexistencia de los pueblos desde tiempos remotos sino que desgraciadamente es aquí donde se han encontrado los frentes de separación de los mismos. Lo testimonian, entre otros monumentos que han llegado a nosotros, las atalayas que construyeron
los Romanos en el valle del Danubio, en los confines de su Imperio en auge, con el objetivo de acechar y prever los asaltos de las tribus bárbaras. !Cuántas veces la cuenca del curso medio del Danubio fue escenario de combates ensangrentados entre Este y Oeste, entre romanos, hunos, ávaros, húngaros, mongoles, turcos, germanos y eslavos o, si se quiere, entre ciudadanos y nómadas, paganos y cristianos, católicos y protestantes entre húngaros y húngarosi
Esta tierra está habitada por el hombre desde tiempos inmemoriales. Es en el macizo de Vértes, en el Transdanubio, donde se descubrieron hace algunos anos los vestigios de una de las más antiguas implantaciones humanas de Europa. Según los arqueólogos hay que remontarse a 500.000 anos. Las cuevas de nuestras montanas cársticas a menudo debieron servir de refugio al hombre prehistórico. Después, durante varios milenios, la región fue habitada por tribus nómadas, pero antes de la época de las grandes conquistas romanas no econtramos ninguna civilización verdaderamente importante. Es en aquella época cuando una parte del territorio de la Hungría actual perteneció al Imperio Romano con el nombre de Panonia, y que después habría de desaparecer, junto con los restos de las tribus sár-matas, gépidas y celtas, a causa de la avalancha llegada desde el Este: así, antes de la llegada de las tribus eslavas se sucedieron en este territorio hunos, ostrogodos, longobardos y ávaros. El Occidente reaccionaria enérgicamente con el apogeo del Imperio de los Francos.
A finales del siglo IX d. de J.C. las tribus magiares federadas invadieron con sus 108 clanes, sus guerreros y sus caravanas la cuenca de los Cárpatos y conquistaron el territorio de la futura patria. Se acostumbra a olvidar no obstante, que lo más duro quedaba todavía por hacer, ya que había que asentarse y quedarse en unas tierras que tantas veces habían