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JOHNSON
I
El insulto penetró por la ventana alta situada al final del barracón, el insulto que era monótono y reiterativo, el insulto que era rutina: «!Levanten el fondillo. Muevan el culo!»
Ahora no tardaría mucho en escucharse un ruido aún más áspero, el chasquido de los latigazos; pero habría una diferencia: la diferencia de que las voces del capataz y sus a^m-dantes eran blancas mientras que quienes esgrimían los látigos eran negros. Johnson pensó que los pobres misioneros que tan abundantes se habían hecho en los últimos anos no sabían verdaderamente lo que decían al hablar de hermandad, porque el látigo, esgrimido por un blanco o por un negro, corta a la misma profundidad.
Era un día como cualquier otro en una finca como cualquier otra en un ano como cualquier otro durante una zafra como cualquier otra y había trabajo que hacer.
Aunque la posición de Johnson era en cierta forma especial, no era uno de esos esclavos que tenían la suerte de
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