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El fiscal Varga andaba metido en el proceso Reis, que duraba casi un mes y se habría arrastrado al menos otros dos, cuando en una deliciosa noche de mayo, después de las diez y no más tarde de la medianoche según los testimonios y la autopsia, le mataron. Los testimonios, a decir verdad, no coincidían exactamente con os resultados de la autopsia: el forense fijaba alrededor de la medianoche el momento de la muerte, mientras los amigos con los que el fiscal, hombre de rígidas costumbres, solía entretenerse cada noche, y con los que también aquella noche se había entretenido, afirmaban que a las diez, minuto más minuto menos, se despidió de ellos. Y como no podía haber empleado, a pie, más de diez minutos para llegar a casa, quedaba el vacío de al menos una hora, y averiguar dónde y cómo el fiscal había pasado aquella hora. Tal vez sus costumbres no eran tan rígidas como parecían y en su vida diaria había horas no programadas, de solitarios y des-
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